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El hombre, ¿un animal racional?
Psicología
Esfinge núm 41 - Diciembre 2003
Rafael Carbó
 

EL HOMBRE, ¿UN ANIMAL RACIONAL?

En parte animal y en parte divino, en parte finito y en parte infinito, el ser humano necesita soluciones para resolver esa contradicción.

Tradicionalmente, siempre que se ha querido catalogar al ser humano dentro de las distintas especies naturales, se ha dicho que era un "animal racional". Pero, ¿hasta qué punto es cierta esta frase en apariencia contradictoria?

Los animales viven mediante leyes biológicas naturales, forman parte de la Naturaleza y nunca van más allá. No tienen conciencia de carácter moral, ni de ellos mismos, ni de su existencia; no tienen capacidad de penetrar racionalmente más allá del aspecto físico de las cosas. La existencia animal es armónica con respecto a la Naturaleza, o sea, el animal está equipado por ésta para hacer frente a las mismas circunstancias que va a encontrar en ella, y que le van a permitir su subsistencia.

Sin embargo, el hombre es esencialmente distinto. Sin entrar en la polémica de su origen ni de su proceso evolutivo, el hombre sí tiene conciencia de sí mismo, posee una razón y una imaginación que rompen el equilibrio que caracteriza la existencia animal, se da cuenta de sus limitaciones y prevé su propio fin: la muerte. Pero esa razón que lo enaltece también le causa problemas, pues le obliga a luchar por resolver una difícil situación, una bifurcación aparentemente insoluble, esto es, encontrar la armonía en un estado de desequilibrio constante. La vida del hombre no puede "ser vivida" según el patrón de su especie; tiene que vivirla él mismo. No puede volver atrás; tiene que seguir desarrollando su razón hasta hacerse dueño de sí mismo.

El mito del Edén es, posiblemente, el que describe más correctamente la pérdida de la inocencia del hombre. En un principio vivía feliz, en paz con la Naturaleza y con Dios. Pero un día apareció el deseo y mordió la manzana prohibida. Aquel día fue consciente de sí mismo y conoció la libertad, pero "Dios" no le enseñó a utilizarla. Desde entonces, la evolución del ser humano se basa en el hecho de que ha perdido su "paraíso" original y nunca podrá regresar a él. Ahora posee algo único y singular: la conciencia, y ésta le empuja a seguir un sólo camino: encontrar un nuevo Edén, una nueva patria creada por él, haciendo del mundo un mundo humano y haciéndose él mismo verdaderamente humano.

A finales del siglo XV, Pico de la Mirándola escribió en su Oratio de hominis dignitate (Discurso sobre la dignidad del hombre): No te di, Adán, un puesto determinado ni un aspecto propio. Te puse en el centro del mundo, con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en él. No te hice celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que te hicieras a ti mismo. Podrás, de acuerdo con tu voluntad, degenerar hacia las cosas bestiales, o podrás regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas...

El problema de la existencia humana es único en toda la Naturaleza, pues el hombre ha trascendido esta misma Naturaleza; pero, por decirlo así, aún está en ella. Es en parte animal y en parte divino, en parte finito y en parte infinito. No puede vivir estáticamente; toda su vida está determinada por la alternativa inevitable de retroceder o progresar. Necesita encontrar soluciones siempre nuevas para resolver esa contradicción, formas de unión con su entorno y con sus semejantes. En la medida que el hombre también es animal, precisa perentoriamente satisfacer sus aspectos fisiológicos e instintivos (hambre, apetito sexual, etc.), pero en la medida que el hombre es humano, la satisfacción de los instintos no le basta para hacerlo feliz, ni siquiera para mantenerlo sano y equilibrado psíquicamente; requiere solventar las necesidades provenientes de las condiciones de su propia existencia.

A lo largo de la historia, muchos pensadores y humanistas trataron de encontrar una solución a los problemas humanos. Actualmente, la psicología moderna está en gran parte influenciada por la aportación de Freud. Él intentó buscar el origen que motivan las pasiones y los deseos en la libido. Pero, aunque el impulso sexual y sus derivaciones son muy poderosos, no es el aspecto más importante del hombre, y su insatisfacción no es la causa de sus problemas más importantes. En realidad, la enorme energía de las fuerzas que producen las enfermedades mentales, así como la de las que se esconden detrás de algunas conductas sociales, no debe entenderse como resultado de necesidades fisiológicas frustradas o sublimadas.

Todos los hombres son potencialmente idealistas y no pueden dejar de serlo, si entendemos por idealismo la actitud de buscar soluciones específicamente humanas y que trasciendan las necesidades corporales e instintivas; el problema es que muchas veces no elegimos la vía adecuada. La elección del camino correcto se debe hacer en base a nuestro conocimiento de la naturaleza humana y de las leyes que rigen su desarrollo. Pero, ¿cuáles son esas necesidades propias del hombre?

RELACIONES CON LOS DEMÁS

Aunque se podría confeccionar un catálogo muy extenso de necesidades humanas: sentimiento de arraigo, búsqueda de la objetividad, desarrollo de la razón y la capacidad creadora, etc., quizá la más importante y la que tiene que ser resuelta de forma más perentoria, es la de vincularse con los seres humanos que le rodean, de relacionarse con ellos. Cubrir esta necesidad es esencial para evolucionar como hombre, y su ausencia es, a menudo, causa de trastornos tanto a nivel individual como social.

Existen varios caminos para buscar y conseguir esa unión. Uno de ellos es establecer una relación de sumisión hacia una persona o grupo. De este modo se elimina la sensación de aislamiento de su existencia individual, pero a cambio vincula su identidad al poder al que se ha sometido. Otra forma de relación incorrecta se encuentra en la dirección contraria, esto es, el establecer una relación de dominio sobre los demás. Tanto en un caso como en el otro nunca llega una satisfacción real. La causa es que aunque creen una sensación de unión, destruyen la de integridad. Además, estas pasiones tienen un dinamismo propio, y como ningún grado de sumisión o dominio es suficiente para producir sensación de identidad e individualidad, se buscan una sumisión o un dominio cada vez mayores. El resultado es que la persona afectada por estos tipos de relación, en realidad, se hace dependiente de los demás; en lugar de desarrollar su propio ser individual depende de aquellos a quien se somete o domina.

Sólo hay un sentimiento que satisface la necesidad que siente el hombre de unirse con el mundo sin perder su integridad ni su individualidad; este sentimiento es el amor. El amor es un sentimiento de coparticipación que no restringe la actividad interna. Hay amor en la solidaridad con los demás, en la relación de una madre con su hijo, en la devoción hacia lo divino... En el acto de amor el individuo es todo con todo y, sin embargo, sigue siendo uno mismo e independiente. El amor es, en el plano del sentimiento, la relación activa y creadora del hombre con su prójimo, con la naturaleza o consigo mismo. Si alguien ama únicamente a otra persona, y esta relación lo separa del resto, puede existir unión, pero eso no es amor; el que ama realmente a una persona ama a toda la humanidad y a sí mismo.

Tan sólo podemos apreciar plenamente la necesidad que tiene el hombre de relacionarse con los demás cuando observamos las consecuencias que surgen de la ausencia de ésta. El poeta romano P. Ovidio Nasón, nos narra en su libro Las Metamorfosis una preciosa historia que nos ayudará a comprender mejor este problema. Narciso era un joven hermoso, cuya belleza atrajo el amor de la ninfa Eco. Ésta le amaba con tanta pasión que le seguía por doquier con la esperanza de arrancarle alguna palabra favorable, una mirada cariñosa, una prueba de afecto. Trabajo inútil: una obstinada indiferencia era el único premio a tales desvelos.

En cierta ocasión, cuando paseaba por el bosque, Narciso se acercó al remanso de una fuente de aguas transparentes para calmar su sed. Al ver reflejado su rostro en la superficie cristalina, quedó de tal manera atrapado por su propia belleza, que no pudo ya separarse de su reflejo. Cuando más se contemplaba mayor era su loca pasión, obsesionado por intentar tomar con las manos lo que sólo era una imagen intangible. Inmóvil día y noche junto a la fuente, se consumió de inanición y melancolía. Cuando las ninfas descendieron de las montañas, en lugar de su cuerpo encontraron una nueva flor a la que llamaron narciso.

Este mito fue utilizado posteriormente para dar nombre a un trastorno del ser humano: el narcisismo. El narcisismo es un fenómeno natural en los primeros años de la vida del hombre, pero cuando persiste en etapas posteriores, se convierte en esencia de muchas enfermedades psíquicas y sociales. Pues, para la persona afectada, sólo hay una realidad: la de sus propios pensamientos y necesidades. El mundo no es percibido objetivamente sino, como el protagonista del mito, es percibido como un reflejo de sí mismo. El narcisismo conduce al aislamiento interior, a la insensibilidad hacia los demás y, en casos extremos, hacia la locura.

IDENTIDAD SOCIAL

Otras de las grandes necesidades propias del ser humano es la de satisfacer su sentimiento de identidad. El individuo necesita formarse un concepto de sí mismo, poder decir y sentir: "Yo soy yo", de tener conciencia de él mismo y de su vecino como personas diferentes; ser capaz de vivir como el protagonista de sus acciones.

Una de las características propias del desarrollo de la especie humana es alcanzar el suficiente conocimiento de sí mismo que le permita tener conciencia de independencia individual. Pero para conseguir este logro debe saber establecer correctamente su relación con la sociedad, su vinculación con el "clan". Aunque en los últimos siglos la cultura occidental se ha desarrollado en el sentido de crear las bases para un sentimiento de individualidad, enseñando al hombre, supuestamente, a pensar por sí mismo y liberándole de toda presión autoritaria, sólo una minoría de individuos parece haber alcanzado plenamente este sentimiento del "yo". La mayoría de personas aún necesitan una serie de "sustitutivos" sociales que sirvan para cubrir esta necesidad de identidad: la religión, la nación, o el "status" social son buenos ejemplos de ello. En la medida que el individuo no es diferente al resto, que es como los demás, la sociedad lo verá como una persona "normal".

Todo ello produce una identidad excesivamente gregaria, donde el individuo se conforma con las opiniones y las ideas de la mayoría (aunque, en muchas ocasiones, esta conformidad no se reconoce como tal y se disfraza con una ilusión de individualidad). Pero es preciso recordar que aunque la mayoría de las personas compartan una serie de ideas y sentimientos no quiere decir que éstos sean válidos. La validación por consenso, como tal, nada tiene que ver con la razón. El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte estos vicios en virtudes; el hecho de que se compartan muchos errores no convierte a éstos en verdades.

Al ser humano aún le queda un largo camino en su evolución hasta completarse plenamente. El tiempo que necesite para ello depende fundamentalmente de él mismo. En este recorrido habrá progresos y retrocesos, marchas y contramarchas. En la medida que desarrolle su conciencia, que se conozca a sí mismo, irá resolviendo sus problemas y encontrará el ansiado equilibrio. Sólo cuando el hombre logre desarrollar su razón y su amor más que hasta ahora, sólo cuando pueda organizar un mundo a base de solidaridad humana y de justicia, sólo cuando pueda sentirse enraizado en un sentimiento de fraternidad universal, habrá encontrado una forma nueva y humana de arraigo, habrá transformado su mundo en una patria verdaderamente humana.

Bibliografía

- Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Erich Fromm. Ed. Fondo de Cultura Económica

- Mitología griega y romana. J. Humbert. Ed. Gustavo Gli. S. A.

Rafael Carbó

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