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La historia se repite
Psicología
Esfinge núm 41 - Diciembre 2003
Delia Steinberg Guzmán
 

LA HISTORIA SE REPITE

Llegamos al final de un año que, en muchos aspectos, se ha hecho largo y complejo, sin duda como todos los años, aunque la piadosa memoria nos hace ver como único lo que vivimos en el momento más cercano.

El caso es que, nos guste o no, la historia se repite, el tiempo y los sucesos se repiten también, y en cambio nuestra conciencia asume las experiencias como diferentes. Ahí está precisamente lo nuevo: en la posibilidad de aprender, de recoger enseñanzas con suficiente peso como para no creer que la vida es siempre igual, que nada de lo malo tiene remedio, ni nada de lo bueno va a desaparecer.

Los acontecimientos positivos o negativos -salvo cuando no dependen de nuestras voluntades- siempre pueden variarse si asumimos que muchos de ellos sí están sujetos a nuestros esfuerzos. Lo positivo requiere un esfuerzo de estabilización; nada se queda en su sitio porque sí, ni está libre de sucumbir ante los vientos psíquicos que se desatan de tanto en tanto. Lo negativo no es eterno y requiere un esfuerzo de renovación, para quitar de en medio esas trabas que nos impiden avanzar, aclarar el panorama, encontrar los puntos débiles que nos hieren y asimismo las posibles soluciones que deben aplicarse cuanto antes para comprobar su eficacia.

¿UN AÑO "DIFERENTE"?

Hemos sumado doce meses de desastres naturales, con secuelas altamente dolorosas, y la impotencia de la Naturaleza desbordada se vio compensada por la solidaridad manifestada de mil maneras diferentes. Pero también hemos seguido sometidos a guerras de gran crueldad, miles de muertes injustificadas, persecuciones irracionales, gente maltratada, adolescentes que sirven para solaz de depravados, religiones que se oponen entre sí, ideas políticas que se enfrentan, derechos humanos que se quebrantan. Y todo ello en medio de toneladas de papel y cientos de horas televisadas o radiadas, donde las palabras sobre fraternidad y comprensión brotan como setas, sin más sentido que la buena voluntad de las palabras, y sin ninguna o escasa aplicación concreta.

Hemos comprobado un año más que crece la insensibilidad ante el sufrimiento humano, tal vez por la reiteración de tantos dolores y tantas imágenes atroces que ya casi no impactan en la conciencia. Hemos vuelto a caer en la absurda esperanza de que "alguien" o "algo" - no sabemos exactamente qué - vendrá a salvarnos de estas situaciones aportando una fórmula ideal. Pero ahí estamos, pasivos ante un remedio que ha de venir desde fuera, que ha de resolver las cosas sin que nosotros debamos implicarnos.

Y sin embargo, decimos que éste ha sido un año "diferente", un año nuevo que dará paso, a su vez, a otro nuevo año. Sí, la conciencia ha registrado cosas nuevas; aunque sean las mismas, ha sentido que vivía como primicia lo que ya era historia repetida mucho tiempo atrás.

Es la hora de aportar algo realmente nuevo a este año que termina, así como al otro que se asoma y a todos los que vengan detrás: entender que vamos andando por igual - o peor - escenario de sufrimientos y algunos minutos de paz, pero que somos nosotros, cada cual en su medida, por pequeña que sea, quienes debemos empezar a hacer algo. Algo sencillo, algo bueno, algo útil, algo positivo que aligere la carga de todos y nos haga experimentar la maravilla de avanzar a través de la Vida.

TIEMPO DE REFLEXIÓN

Ahora que se acercan los infaltables festejos con que se despide el tiempo viejo y se recibe un tiempo nuevo que siempre ambicionamos mejor, es época de descanso - si es que podemos evadir la inquietud que solemos llevar por dentro - y de reflexión. ¿Qué festejamos en realidad? ¿Lo que ya pasó, lo que pudimos dejar atrás, o lo que vendrá cargado de incógnitas? ¿Vale la pena festejar algo? ¿O simplemente queremos salir del ritmo rutinario y aprovechar la ocasión para reunirnos con los seres que más apreciamos?

Es difícil saberlo. Cada cual es un mundo aparte y cada cual vive las experiencias a su manera, bien porque gusta aferrarse al pasado por terrible que sea, bien porque gusta lanzarse hacia el futuro sin importarle mucho lo que le proporcionará con tal de que sea nuevo. Lo que sí es común a mucha gente es la sensación de soledad, de nostalgia, de melancolía, que acompaña a estas fiestas. Por mucho que nos rodeemos de personas, uno se ve a sí mismo en una burbuja aislada que le obliga a interiorizar sus pensamientos.

En esa especial soledad es cuando se hace el balance de lo proyectado y lo que se ha obtenido en concreto, y en la mayoría de los casos no quedamos satisfechos. A solas se medita en las oportunidades desaprovechadas, en la cantidad de veces en que, de haber podido, hubiéramos actuado de otra manera. La melancolía acompaña - como única compañía - todo lo que hemos perdido y lo que ya no volverá a ser nunca más igual; sabemos que la vida continúa y que podremos hacer mil cosas más y recuperar anhelos y planes, pero bajo nuevas condiciones que aún no conocemos.

Nos preguntamos calladamente por qué esperar estas fechas para expresar nuestro afecto por los que queremos, o para detener la máquina esclavizante de la rutina; por qué no hemos hecho lo mismo en tantos otros momentos en que estábamos en condiciones para actuar así. Nos planteamos por un instante hacia dónde hemos llevado nuestras vidas y si ese era en realidad el rumbo que deseábamos seguir; nos inquieta lo que podremos conseguir de aquí en adelante.

UN SUEÑO POSIBLE...

Mientras nos llenan de música por todos sitios y las ciudades se engalanan, ¡qué solo se siente uno en medio de tanto bullicio! ¡Cuánto más fácil es imaginar entonces a los que nada tienen, a los que viven sin medio alguno y sin esperanzas, a los que luchan en guerras imposibles, a los que matan y a los que mueren! Un mendigo en la calle duele como una herida abierta; un niño que vaga su miseria, roe nuestros sentimientos... El frío se cuela hasta el alma, y a fuerza de la soledad uno termina por soñar con ser mejor, con mejorarnos y mejorar el mundo.

¿Es posible? Tal vez... Hay fechas como esta, en que se mezclan la felicidad y la melancolía y todos los milagros tienen cabida.

Delia Steinberg Guzmán

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