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La filosofía del pueblo del Sol
Filosofía
Esfinge núm 45 - Abril 2004
José Carlos Fernández
 

LA FILOSOFÍA DEL PUEBLO DEL SOL

El pensamiento azteca abarca toda una concepción mágico-racional de lo divino y de lo abstracto

Con las palabras de este título se refiere Miguel Angel Portillo a la profundidad y complejidad del pensamiento azteca. En su excepcional obra (que es ya un clásico sobre este tema), Los Antiguos Mexicanos, demuestra que existe una filosofía muy desarrollada tanto en sus códices y tradiciones orales como en sus construcciones sagradas.

Hablamos de Filosofía azteca, pues en sus planteamientos abarcan toda una concepción mágico-racional de lo divino y de lo abstracto. También de los causales que marcan el devenir en la Naturaleza (Metafísica), de los problemas del hombre en el conocimiento ultérrimo de lo real (Teoría del Conocimiento), de cuáles son los valores y elementos que configuran al hombre como tal y que promueven el encuentro con uno mismo (Antropología y Filosofía Moral), etc.

Su concepción de la Divinidad es muy parecida a la de casi todas las antiguas civilizaciones; hay una deidad que rige sus trabajos, su mística: Huitzilopochtli. Según sus tradiciones, desde las lejanas tierras de Atzlán, sus sacerdotes habrían trasladado la estatua de este dios, en un peregrinar de más de 150 años. Es el dios de la Guerra Florida, de la actividad continua, de la victoria que hace florecer el alma, y de la expansión exterior que procura la conquista y civilización de los pueblos que los rodean. Representa al Sol y también al dios Marte romano. Su divisa, dice Sahagún, es la de un dragón que expulsa fuego por la boca. También se le representa como un colibrí (símbolo del alma) que eleva su vuelo hasta fundirse en la luz de la atmósfera solar.

Pero además de esta Divinidad de "Estado", existe toda una concepción filosófica y cosmogónica de un Principio-Uno que gesta todas las cosas, de tradiciones recogidas por los toltecas y que entregaron a los aztecas al ser conquistados por ellos.

Este dios es Tloque Nahuaque o lpalnemohuani. Se le llama Señor (Tlacatle), dios de la inmediata proximidad (Tloque Nahuaque, dueño de la cercanía -tloc- y del anillo inmenso que circunda al mundo -nahuac-), "Aquel por el que todo vive" (Ipalnemohuani), Noche y Viento (pues como Dios Supremo es invisible como la noche e impalpable como el viento), "El que se forja a sí mismo con el pensamiento" (Moyocoyatzin).

Como todo en la Naturaleza se manifiesta en relación con su opuesto, y la mente humana no puede concebir el uno sin el dos, fue llamado Ometeotl, dios de la dualidad, que se desdobla en un principio masculino, Ometecutli (Señor Dos), y otro femenino, Omecihuatl (Señora Dos), Padre y Madre de todos los seres vivos, que viven en el lugar de la dualidad, el "sitio de nueve divisiones" (los nueve planos de conciencia que dividen la existencia manifestada).

Dos son los dioses que marcan con su vida y hazañas los trabajos que debe realizar el alma para asemejarse más a lo divino, y no volver más a esta tierra:

Huitzilopochtli es la senda de la guerra mágica, de la conquista interior.

Quetzalcoatl (Serpiente emplumada) es la senda de la sabiduría y de la purificación del alma.

Quetzalcoatl es un mítico rey de Tula, que en una legendaria Edad de Oro gobernaba con justicia a sus súbditos desde el interior de su palacio templo con columnas de serpiente. "Nunca se le veía en público, sino que vivía en silencio en las sombras de su templo". Pero un día el mago Tezcatlipoca, con un espejo de doble faz, le hechizó. Le hizo ver en este espejo mágico su reflejo material o su doble femenino (Quetzalpetatl, la mariposa de plumas multicolor), de la que se enamoró y con la que mantuvo relaciones sexuales después de embriagarse. Perdida la inocencia, debe trabajosamente convertirla en pureza mediante una serie de trabajos, que incluyen el descenso a los Infiernos y la recuperación de tradiciones mágicas del pasado. Finalmente, se inmola en una pira levantada con sus propias manos y su alma se convierte en la estrella Venus, "el precioso gemelo de la Tierra".

Para los aztecas, la búsqueda de la verdad no es simplemente la búsqueda de imágenes mentales que se puedan parecer más o menos a lo real, sino la búsqueda del Ser, de la raíz última, de aquello que otorgue la estabilidad. La palabra "verdad" en nahuatl (neltiliztli) tiene la misma etimología que "raíz" o "fundamento".

LA VIDA EN LA TIERRA

El ser humano en esta Tierra es como un "espejismo", como la imagen fugaz de un sueño. Está atrapado en una cárcel de carne y sangre que le impide un conocimiento pleno de la verdad. Dicen sus poetas: Nadie, nadie, nadie de verdad vive en la Tierra. Pues la vida en la Tierra es como un sueño del que despertamos con la muerte.

¿Acaso de verdad se vive en la Tierra?

no para siempre en la Tierra:

sólo un poco aquí

aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea de pluma de quetzal se desgarra,

no para siempre en la Tierra,

sólo un poco aquí.

Netzalhualcoyotl

La Tierra es la Casa de las Pinturas. El corazón del hombre es la Galería de las Pinturas, de las escenas de la vida, que como cuadros va atravesando la conciencia humana, viviendo y sufriendo como actores y aprendiendo como espectadores.

¿Acaso son verdad los seres humanos? Porque si no, ya no es verdadero nuestro canto.

La Tierra es el lugar de separación. En esta Tierra, dicen los textos aztecas, corre un viento como de afilados cuchillos de obsidiana. Pero también es el lugar del reencuentro de las almas hermanas: la amistad es una lluvia de flores preciosas.

Los filósofos aztecas no se encierran estérilmente en la cárcel de sus razonamientos sino que utilizan éstos como peldaños para recuperar la conciencia de Dios.

Dicen los antiguos poetas aztecas:

En todas partes está tu casa, Dador de Vida,

la estera de flores, tejida con flores por mí.

Sobre ella te invocan los príncipes.

Conservamos de ellos también una especie de Teoría del Conocimiento. La verdad es tan sutil e inapresable que salta las definiciones racionales. Tan sólo podemos referirnos a ella con símbolos, con metáforas. El símbolo y el arte, la poesía, es lo que llaman flor y canto, el único modo de decir palabras verdaderas en esta tierra. Estos símbolos, estos cantos, descienden del cielo, de la inspiración. No son inventos humanos, pues el simbolismo es el lenguaje de la Naturaleza:

Del interior del cielo vienen

las bellas flores, los bellos cantos,

los afea nuestro anhelo,

nuestra inventiva los echa a perder.



También es la flor símbolo del alma que se abre como una ofrenda.

Brotan, brotan las flores,

abren sus corolas las flores,

ante el rostro del Dador de Vida (...)

¡las flores se mueven!

SÍMBOLOS AZTECAS

Los aztecas, con símbolos extraídos de la misma Naturaleza, hicieron inteligible el misterio.

Con huellas de pasos se refirieron a la presencia del Dios Invisible. Con la Serpiente al tiempo, a la Tierra y a la sabiduría. Se refirieron al Genio interior (¿Ia propia alma?) como una imagen, o animal, suspendido detrás, y unido a nosotros por un hilo finísimo.

El caracol representa los ciclos espiralados del tiempo.

Con una cruz, el quincunce, el movimiento interno de todas las cosas, la armonización, el giro y la síntesis de los cuatro elementos. Por un ojo en la intersección de los brazos de la cruz, la conciencia, nacida del impacto del espíritu en la materia. También con la cruz representaron la encarnación del alma en la materia, las pruebas y dificultades que debe superar ésta por encontrarse crucificada.

Con una mano el poder de Dios. Con un espejo que humea, la Naturaleza, inflamada, hirviente, ante la presencia de su Dueño. También al Juez último de nuestros actos, el Karma, el que "siembra discordias".

Con la sangre representaron el fluido etérico que anima todo el Universo. El que alienta en los astros, en el espacio sembrado de estrellas, y el que alimenta y mantiene la vida del hombre.

Una tibia rota y florecida, el sacrificio de lo material para dar luz en lo espiritual.

El cuchillo de pedernal, la inexorable voluntad del hombre que rompe sus limitaciones, que trocea su cárcel de carne.

El jaguar representa al Sol haciendo su recorrido nocturno bajo la tierra, patrón de los guerreros.

El águila es el Sol en el Cielo, en su elemento propio, reinando sobre el mundo, patrón de los gobernantes.

La mariposa multicolor representa la psique, llena de encantos y belleza, pero frágil y quebradiza.

Una marmita hirviente, con boca y ojos, la naturaleza del alma encarnada, condenada a vivir en un mundo que no es el suyo, sino un hervidero de pasiones.

LA EDUCACIÓN ENTRE LOS AZTECAS

Para los aztecas, tal y como expresan ellos mismos, el ideal educativo es la acción de dar sabiduría a los rostros y la acción de enderezar los corazones.

El corazón, yollotl, deriva etimológicamente de la misma raíz que ollín (movimiento), pues en el corazón está el movimiento interno, la voluntad.

Por las fuentes indígenas sabemos de un sistema de educación universal y obligatorio. En el Códice Florentino se indica que entre los ritos que se practicaban al nacer un niño nahuatl estaba la consagración a una escuela determinada.

La imagen del sabio azteca es muy parecida, por no decir idéntica, a la de los antiguos filósofos del mundo clásico. En el Códice Matritense, en que se conservan textos de los informantes de Sahagún, le describen:

El sabio, una luz, una tea,

una gruesa antorcha que no ahuma (...)

Suya es la tinta negra y roja

De él son los códices, de él son los códices.

Él mismo es escritura y sabiduría.

Es camino, guía veraz para otros.

El sabio verdadero es cuidadoso

y guarda la tradición: suya es la sabiduría transmitida,

Él es quien la enseña.

Hace sabios los rostros ajenos.

Hace a los otros tomar una cara (una personalidad).

Les hace desarrollarla. Les abre los oídos,

los ilumina.

Es maestro de guías.

Pone un espejo delante de los otros.

Les hace cuerdos, cuidadosos;

Hace que en ellos aparezca una cara.

Se fija en las cosas, regula su camino.

Dispone y ordena.

Aplica su luz sobre el mundo.

Conoce lo que está sobre nosotros y

en la región de los muertos.

Según los sabios aztecas, el hombre es la encarnación de una partícula del Espíritu Celeste. El Alma del hombre proviene del Sol y a él ha de volver tras numerosas encarnaciones y pruebas. Por eso al Sol se le llama el rey de los que vuelven. Su casa es el firmamento y está rodeada de turquesas y de plumas de quetzal de las almas que han regresado a su estado inicial de Unidad.

El supremo ideal del hombre y de la mujer nahuatl es, por tanto, ser dueños de un rostro, dueños de un corazón, tal y como refiere el siguiente texto azteca:

El hombre maduro, corazón firme como la piedra,

corazón resistente como el tronco de un árbol,

rostro sabio, dueño de un rostro y un corazón,

hábil y comprensivo.

José Carlos Fernández

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