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¡Cuánto
me gustan, desde mi tiempo sin tiempo, las luchas del hombre por su perfeccionamiento,
por su ideal! He leído muchas veces ese chispazo de luz que es
el Bhagavad Gita, conozco a Arjuna, venero a Kishna... Y, aunque no son
de mi tiempo, sé también quiénes son Skywalker, Dar
Vader y los Caballeros Jedi. El bien contra el mal. La Fuerza ayudando
al deseo de ir adelante. Diversos nombres, distintos escenarios, la Guerra
de Kuravas y Pandavas, de las Galaxias pobladas de Fuerzas Imperiales,
es tan antigua como el hombre y durará tanto como él...
Ha durado el tiempo
de Roma, porque aún celebráis sus fiestas, como la llegada
de la primavera, como la hoguera de San Juan, como el año Nuevo,
aunque los viejos dioses duerman en su panteón, aunque Jano no
custodie la dimensión celeste del tiempo.
Duran las construcciones,
cuando genios atemporales las crean, como ese Gaudí de vuestro
siglo, que soñó mares de cerámica y llamas de hierro
y piedra.
Dura eternamente el Egipto infechable, sus dioses zoomorfos tan hermosos
y escalofriantes, que os llevan a la encrucijada vital del principio sagrado.
Duran los genios, receptores de la chispa prometeica, como un tal Newton,
que caminaba tras el desciframiento del proceso alquímico y consideraba
al Universo como un criptograma de Dios.
Duran las enormes
piedras, los megalitos, tumbas de gigantes desconocidos, templos de dioses
innominados, relojes de un sol que no se pone, esfuerzo de cíclopes
aún en pie...
Y duro yo. La Esfinge.
Porque la sabiduría no puede morir. No, mientras un Ser Humano
sepa coger un libro, mirar un horizonte y hacerse una pregunta.
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