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He tenido una agradable conversación con ese viejo maestro que
se llamó Lao Tse. Su sabiduría milenaria coincide con la
mia en tantas cosas... Su sentido de la vida, su mirar a la vez la vertiente
umbria y la soleada de la montaña que ascendemos durante nuestra
vida, tiene tanto que ver con mi volar sobre los mundos...
Entiendo menos a ese otro pensador que se llama Nietzsche. Quizá
sea porque es demasiado moderno para mí. Pero me gusta también
como deseaba hacer al hombre libre y feliz, constituirlo dueño
de su destino, porque ese es mi objetivo: ser libre, libre, utilizar mis
alas en el viento de la inteligencia, del saber, del buscar todas las
soluciones para todas las inquietudes.
Porque la Esfinge es la pregunta. Buscad vosotros las respuestas.
También conocí a Nefertari: qué gran reina, qué
excelsa mujer. Grande fue Ramsés II, pero qué no pequeña
parte de su grandeza debe a su Gran Esposa Real. Cuando ambos adoraban
a Amón Ra en los primeros rayos del día, allí estaba
yo, haciéndoles sombra benéfica con mis alas.
¡Ah, el lobo! ¡Qué magnífico animal! Me gusta
su fiereza, su tenacidad; el modo en que se le ha relacionado con los
dioses, con los héroes, con la iniciación de los jóvenes
guerreros.
Sí, los primeros guerreros utilizaron ese sílex del que
contáis su utilización. Me parece seguir viendo a aquellos
hombres hirsutos, en lucha contra la inhóspita tierra, aprendiendo
a utilizar la piedra portadora del fuego, haciendo con ella sus primeras
hachas, sus primeros buriles, absortos ante la primera chispa que vieron
brotar de ella...
Cuánto ha habido que utilizar el cerebro desde entonces para acercarlo
más y más a la filosofía. Y todavía, tantos
miles de años después, seguís sin saber exactamente
cómo funciona. Pobres mortales.
Aunque bien pensado, mejor es no profundizar demasiado en él.
Os asustaría lo que descubrieseis.
Seguid hablando de eso y de todo lo que os rodea. A veces, sin decir
nada.
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