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Me gustan los chamanes.
Tienen ese toque de magia bienhechora que la Esfinge ama llevar por el
mundo: buscar almas, llevarlas a través de regiones innominadas
hacia la luz del Más Allá... A ese lugar donde mis preguntas
ya no tienen razón de ser, porque todas las respuestas se conocen.
Eso es magia, en
el sentido primero de sabiduría. La sabiduría de la eternidad,
de Dios. Esa de la cual los hombres tenéis algún reflejo
si sabéis encontrar en vosotros las leyes para manejar la Naturaleza.
Algunos lo han logrado. Pero guardaron su secreto, para que hombres poco
dignos de él no lo usasen en su provecho y para la confusión:
esos que llamo pseu esoteristas, que dicen saber y no saben...
Como no saben todo
lo que es la sangre. Yo no tengo, pero vosotros sí. Es vuestra
vida, el gran río vital por los cauces de vuestras venas, la muerte
si se os escapa. Ha sido objetivo de brujos, con ella se han firmado pactos;
es, incluso, símbolo de buena cuna, de nobleza.
Déjame que
mire tus ojos: el iris, qué hermoso, como su nombre, de cuántos
colores: negro, azul, verde, gris, castaño... Veo vuestra alma
a través de ellos. Vuestros médicos ven otras cosas y pueden
curar lo que ven. Pero eso a mí no me interesa. Yo veo la bondad,
la inocencia, la dulzura. Y también el dolor, la ira, la maldad.
Me basta asomarme a ellos y sé cómo sois.
También lo
sabía Merlín, mi amigo el mago, el que vivió con
ese rey Arturo que perdió su Excalibur en el lago y la Dama la
guardó. Es una mis historia favoritas: caballeros y magos y un
santo Grial con la sangre de la vida, esa sangre de la que antes hablaba...
Y Ginebra, qué
hermosa. Pobre Lanzarote, pobre caballero enamorado.
Ah, ¿y esos
voladores? ¿Hombres que vuelan? ¡Todo quieren hacerlo! Y
yo vuelo, sí, vuelo por la historia, por la leyenda, por el infinito...
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