|
Hubo tiempos y lugares
en que las mujeres tenían un gran poder. En realidad siempre lo
han tenido, aunque se les haya negado tantas veces: sólo ellas
pueden ser crisol de vida. Pero hubo unas, las amazonas, las Ikamiabas,
allá en el gigantesco río americano, dueñas de un
misterioso talismán de jade, que abandonaron a sus hombres y fueron
protegidas por la selva. Me gustaba verlas vivir y trabajar, y nadar en
las noches de luna en busca de Muyrakitán.
Ellas no tuvieron
nunca miedo. No lo tuvieron, entre fieras y bajo la naturaleza virgen.
¿Por qué lo tenéis vosotros, humanos de la llamada
civilización, a tantas cosas sin nombre y sin forma? ¿No
será porque habéis perdido, destrozado por vuestras máquinas,
todo lo que de verdad es valioso, todo lo que de verdad vale la pena conservar?
Por eso vuestro mundo
está en desorden. Por eso no os encajan las piezas. Piezas blancas,
negras, amarillas, cristianas, musulmanas, hebreas, de arena, de piedra,
de agua... Las habéis desordenado y ahora no os encajan. Tenéis
que aprender a crear una cultura en la que, como en una gran caja, todo
quepa y todo quede ordenado...
Si no lo hacéis
así, otros Budas de Bamiyan serán destruidos, otras figuras
sagradas, artísticas, históricas, caerán por manos
fanáticas, arrastrando en su caída estruendosa historia,
oraciones, sueños, belleza y esperanza. Es tan difícil crear,
y tan fácil destruir...
A Borges lo conocí
sobrevolando Argentina. Me gustó su curiosidad inacabable, su agilidad
con la pluma, la sonoridad de su recio y dulce español. Cómo
sugería misterios en sus ideas del tiempo, la muerte y el azar.
Y conozco el Universo,
la pequeña Tierra a orillas del Océano Cósmico, tan
frágil y tan mal cuidada por vosotros, que deberíais estar
adorando cada piedra y cada árbol. Esa pobre Gaia, vida en un sistema
de vidas, Gaia con alma, como alma tienen muchas ciudades también.
Cuidad tanta posesión
hermosa como Dios os ha dado, hombres. La mayoría no volverá
a vivir si las matáis.
|