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Hemos querido ofrecer
un mensaje en nuestra portada, guardado en un símbolo, de los más
antiguos y enigmáticos que ha recibido en herencia la Humanidad,
a través de la civilización china. Como solemos reiterar
a menudo, los símbolos son capaces de transmitir conceptos profundos
y ricos en matices, de tal manera que resultan esenciales para comprender
los ritmos del conocimiento, las variadas formas de interpretar la realidad,
sobre todo cuando se trata del universo invisible, habitado por las ideas,
por los pensamientos, hechos visibles y comprensibles de una especial
manera, gracias al lenguaje simbólico.
De toda la inmensa
y rica herencia que hemos recibido de imágenes cargadas de sentido,
evocadoras de las verdades atemporales, quizá el del Tao sea de
los más antiguos y enigmáticos, recuperado para la tradición
filosófica por Lao Tsé en la China del siglo VI a.C. Fue
aquél en verdad uno de esos momentos privilegiados en el que florecieron
en diversas partes del mundo almas grandes que nos dejaron enseñanzas
imperecederas, verdaderas claves de sabiduría para conocernos a
nosotros mismos, el universo y los dioses, que diría el oráculo
de Delfos.
La armonía
de los contrarios, el movimiento y el cambio incesante, el equilibrio,
el sendero de la vida una, la serenidad de la concentración en
las verdades del ser interior, son conceptos que el Tao nos transmite,
condensados en una figura que parece sintetizar toda la sabiduría
del Universo. Los sabios chinos que elaboraron un símbolo tan sencillo
y a la vez tan complejo, sin duda supieron captar los ideales de concordia
que deberían presidir la vida de los hombres y servir de clave
para interpretar las realidades del mundo manifestado. Recogieron además
en condensadas frases aparentemente simples toda la luminosa reflexión
de una manera de concebir el mundo que nos parece ahora más necesaria
que nunca.
El Tao de nuestra
portada también encierra todo un conjunto de aspiraciones de quienes
hacemos Esfinge, seguros de las compartimos con muchos buscadores como
nosotros. A través del sobre todo que la Humanidad encuentre los
caminos de la concordia y la armonía en la diversidad, que el conocimiento,
siempre liberador, sirva para trazar los senderos necesarios, que llevan
al centro de nosotros mismos, que es donde nos encontramos con todo lo
que nos une, por encima de las diferencias aparentes.
El mensaje del Tao nos evoca la unidad de todos los seres, o mejor, el
sendero que lleva a la Unidad. Las disputas, las continuas diferencias
y antagonismos se desvanecen ante la convicción de ese destino
sublime que hará que todos finalmente nos encontremos en uno solo,
como un océano formado por infinitas gotas.
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