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El eco que han tenido
entre el público no especializado los hallazgos paleontológicos
de Atapuerca es uno de los acontecimientos más destacados de la
vida cultural de nuestro país. Nunca como ahora se había
logrado despertar un interés tan intenso por nuestro pasado más
remoto, lo cual no deja de ser una satisfacción para todo científico
que sienta la trascendencia social de sus investigaciones.
Nos consta que el
extenso equipo de especialistas que tiene a su cargo el deber de reconstruir
episodios de la vida de nuestros lejanos antecesores sí tienen
esa sensibilidad de compartir sus resultados con la sociedad que sustenta
sus trabajos y es digno de elogio el esfuerzo que llevan a cabo para poder
explicar a los no entendidos el significado de sus hallazgos. La prueba
está en el contenido del dossier especial que incluimos en este
número, ofrecido por quienes conocen ese territorio que ha guardado
durante tanto tiempo las huellas de unos hombres quizá en los comienzos
de unos procesos evolutivos que todavía contienen muchas preguntas
sin responder.
Más allá
de las repercusiones que pueda tener en los medios de comunicación
el valor testimonial de las pruebas sobre la presencia humana en la península
ibérica en fechas mucho más lejanas de lo que se suponía
hace poco tiempo, en una especie de competencia por el rango de antigüedad,
subyacen las antiguas interrogantes sobre qué es el hombre, dónde
se encuentra el rasgo diferenciador que lo consagra como tal, con respecto
al reino animal, qué cambia y qué permanece en el ser humano,
a medida que avanza en su búsqueda de la civilización, del
desarrollo de sus potencialidades.
Ante las descripciones
de los expertos, en su afán por hacernos algo más cercanos
esos antepasados nuestros, experimentamos la doble sensación de
estar cerca y lejos a la vez de ellos. Cerca porque muchos de sus afanes
siguen siendo los nuestros, si bien disponemos de herramientas más
sofisticadas que las suyas, igual que ellos a nos sobrecoge el enigma
de la muerte y la posibilidad de otra vida, nos esforzamos por sobrevivir
y proporcionar alimentos a los nuestros. Ellos están lejos en el
tiempo, es verdad, su aspecto físico difiere del nuestro, tan elaborado;
su mundo simple y natural, que se nos muestra salvaje, parece opuesto
a la complejidad del que hemos construido. Pero tales matices se nos aparecen
como exteriores manifestaciones, y apenas si logramos llegar al alma de
estos hombres antiguos, pues nos vemos abocados a imaginar su mundo a
partir de restos minúsculos, meras constataciones de su presencia
física, indicios de sus hechos y de los seres que compartían
su existencia.
El misterio del hombre,
como tantas otras veces, se nos escapa, al tiempo que nos parece que hemos
descubierto nuevas claves para interpretarlo, de tal manera que las viejas
axiologías de lo humano ceden ante nuevas perspectivas que destacan
el mundo interior, esa síntesis de razón, imaginación,
intuición, que aporta nuevas claves para desvelar el enigma. De
ahí el interés que suscitan.
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