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En nuestra sociedad,
con demasiada frecuencia, marcan la actualidad de los temas su relación
con los medios de comunicación de masas, que se pretenden intérpretes
del interés de los públicos. Nuestra revista no se siente
ajena del todo a ese condicionamiento, tan de nuestra época, si
bien consideramos que la cultura, universal de por sí, nos plantea
continuos desafíos, no siempre ligados íntimamente a la
actualidad, pues todo aquello que despierte el interés de un buscador
merece la pena ser difundido por un medio de comunicación como
el nuestro. Ni que decir tiene que la fidelidad de nuestros lectores nos
hace constatar que estamos en lo cierto, al sentirnos libres para elegir
el contenido de cada número, sobrevolando la actualidad y sus implacables
leyes.
Sin embargo, en este
caso nos hemos sumado a la "atlantismanía" que nos llega
del otro lado del Atlántico, a través de la difusión
publicitaria de una nueva creación de la factoría Disney,
que vuelve a sacar a la luz uno de los asuntos que más han apasionado
a los investigadores: la mítica existencia de un continente sumergido
en el lecho del océano, de una civilización perdida.
Es compleja la tarea
de recoger pruebas que demuestren científicamente lo que la mayoría
de los historiadores de la antigüedad tuvieron por cierto, después
de que Platón sacase a la luz una tradición hasta entonces
celosamente al abrigo de la curiosidad pública. Como diría
el gran teósofo español, Mario Roso de Luna, habría
que conciliar el fósil- piedra con el fósil-tradición.
A lo largo del siglo XX se ha acudido a la Geología para por fin
corroborar que efectivamente la existencia del continente sumergido es
un hecho probado científicamente, o al menos que la hipótesis
Atlántida resulta plausible desde las premisas geológicas.
No obstante, queda todavía mucho camino por recorrer, hasta que
se demuestre de manera tangible y verificable que el continente estuvo
habitado por un pueblo altamente civilizado, según nos lo describe
Critias en el diálogo platónico.
El fósil-tradición
no ha dejado de recoger alusiones a la civilización atlante, como
tronco común original del que se habrían derivado los grandes
sistemas de las culturas arcaicas, en oleadas sucesivas. En estos casos,
la hipótesis atlante sirve para explicar no pocos enigmas, como
las construcciones megalíticas o las ruinas ciclópeas, que
se encuentran diseminadas por las regiones de oriente y occidente.
En cualquier caso,
conviene recordar que el relato de la Atlántida, tal como lo recogen
las variadas fuentes que podamos consultar, encierra una lección
de tipo moral: los habitantes de aquel continente alcanzaron unos altos
niveles de desarrollo científico y progreso tecnológico,
hasta el punto de osar desafiar el equilibrio ecológico y las leyes
de la naturaleza, lo cual tuvo como consecuencia un cataclismo de enorme
magnitud que acabó con aquel proyecto civilizatorio de manera precipitada.
Tal desenlace pone de manifiesto la caducidad de las realizaciones humanas
y la necesidad de armonizar el progreso material con la evolución
ética de los individuos y las sociedades, con el fin de superar
enfrentamientos y conformar una Humanidad más justa y más
buena.
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