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Nuestra historia,
nuestra cultura, nuestro imaginario también deben buena parte de
su riqueza a los viajes, pues ese afán por conocer tierras y gentes
ha sido una poderosa fuente de energía que ha proporcionado a la
humanidad importantes hallazgos. Viajeros de todos los tiempos, impulsados
por la pasión de la aventura de conocer la tierra en sus desconocidas
extensiones, y las culturas que los hombres fueron elaborando, en su prodigiosa
diversidad, quizá inspirados por Ulises, el arquetipo de todo viajero,
la metáfora fundamental de todas las búsquedas, modelo para
los que intuyen todos los descubrimientos, interiores y exteriores, que
aguardan a quienes se atreven a recorrer otras tierras y encontrarse con
otras gentes. Podríamos recorrer los episodios de nuestra historia,
guiados por el hilo conductor de los periplos de tantos exploradores y
quizá llegaríamos a la antigua conclusión de que
la experiencia humana en el mundo es en realidad un viaje, quizá
de retorno a una tierra sagrada, una Ítaca que nos anima a continuar,
pues guarda todas las promesas de plenitud y sabiduría.
En nuestros días
se ha banalizado la experiencia del viaje a causa del turismo de masas,
que pretende reducirnos a meros objetos, que se trasladan de un sitio
a otro como si fueran mercancías sin alma, y puede decirse que
ya no quedan tierras por explorar, ríos cuyas fuentes aún
no se han localizado, ni ciudades míticas de riquezas legendarias
para situar en los mapas. Sin embargo, en nosotros está la posibilidad
de recrear de alguna manera esa experiencia como descubrimiento totalmente
personal y único, como ritual que nos introduce en otras dimensiones.
Aunque parezca que todo está previsto, que vamos a caminar por
espacios que han sido descritos en todos sus matices, siempre se nos brindará
la oportunidad de sentir la excitación del explorador, cuando le
parece que ha llegado a tierras ignotas y está viendo lo que otros
hasta ese momento no habían visto. Como en la vida, hay que estar
atentos a las sorpresas que se nos pueden ofrecer, como puertas que nos
conducen a perspectivas insospechadas, que nadie pudo prever ni programar
y que sin embargo nos estaban esperando, como un regalo que sólo
nos podía llegar precisamente allí, y en ese instante. Esos
serán luego nuestros recuerdos, que enriquecerán nuestra
memoria, apenas el perfume de una ciudad, o el color de una muralla al
caer la tarde, o esa pieza singular guardada en la vitrina de un museo
y quizá desprovista de cartel identificador, o un guía amable,
o el escorzo de un paisaje que nos pareció inmutable desde hace
milenios. De la misma manera que nuestra imaginación nos hace soñar
con llegar a esos lugares que parecen llamarnos desde ciertas etapas de
la historia, o que fueron escenario de la vida de personajes singulares
que apreciamos.
La sociedad global
nos permite acceder a esos territorios donde viven los otros y nos ofrece
la posibilidad de conocer sus formas de vida y su visión del mundo
y por lo tanto de aprender y ensanchar los nuestros, a menudo encerrados
en los límites de la vida de todos los días. Más
aún, el viaje nos permite jugar con las dimensiones que encuadran
nuestra existencia, dotándolas de nuevas perspectivas, ampliando
el horizonte. Así comprobamos la extrema diversidad de nuestro
mundo y a la vez las identidades que nos relacionan indefectiblemente
con otros seres humanos, que suponíamos tan distintos a nosotros,
pero reconocemos como a miembros de una misma familia. Ya nos lo aconsejó
Constantino Kavafis, el poeta de Alejandría: "Si vas a emprender
el viaje hacia Ítaca / pide que tu camino sea largo, / rico en
experiencias, en conocimiento…".
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