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A medida que se van
haciendo cada vez más visibles los signos de una medievalización
de nuestra sociedad, como ya anunciaron hace años pensadores como
Umberto Eco o Jorge Livraga, resulta inspirador adentrarse en el llamado
mundo artúrico, siguiendo unas pautas que nos permitan levantar
un poco el velo de nuestros enigmas, esclareciendo alguna de las innumerables
preguntas que nos asedian en nuestra soledad.
Como todos los mitos,
Arturo, el rey que presidía la noble fraternidad de los Caballeros
de la Tabla Redonda, en su castillo de Camelot, pudo tener una existencia
real, en el caudillo bretón, llamado Riothamus, que lidera a sus
pares, para frenar la amenaza de la invasión sajona, allá
por el siglo V, una vez que los romanos se repliegan y dejan las islas
británicas a su suerte. Las referencias escritas a esta figura
comienzan con Gildas, un monje del siglo VI que escribió De Excidio
Britanniae (sobre la ruina de Britania). Nennius, un monje galés
que escribió en torno al siglo IX una Historia Brittonum, sería
el primero en mencionar el nombre de Arturo. Estas fuentes mencionan la
batalla final, la del Monte Badon, final trágico del pueblo bretón
que iniciaría un largo período de resistencia, hasta que
la llegada de los normandos en 1066 vuelve a tender un puente entre las
dos Bretañas, la inglesa y la francesa.
La Historia Regum
Britanniae, escrita por G. de Monmouth en 1136, en el seno de los inicios
de la dinastía Plantagênet vino a consagrar definitivamente
la figura de Arturo como personaje histórico, de tal manera que
podemos pensar que hubo una intención política en el desarrollo
posterior de la leyenda de Arturo, elaborada en sus términos principales,
por Chrétien de Troyes, en 1160. El fundador de la materia de Bretaña
establece los dos relatos paralelos, o dos ciclos narrativos que en ocasiones
se entrelazan y otras veces toman rumbos diversos: el ciclo de Arturo
y el del Grial. A mediados del siglo XII la leyenda de Arturo ya era una
saga popular que circulaba a ambos lados del paso de Calais, incorporando
toda clase de elementos procedentes de las tradiciones orales galesa y
bretona, hasta que en 1210 una nueva versión en prosa, el Roman
de Brut, de Robert Wace, viene a ser una especie de adaptación
para el pueblo, que tiene su correlato en inglés en las Arthurian
Chronicles de Layamon, a las que se añade la extensa Vulgata o
Lancelot en prosa, de autor desconocido, probablemente uno o varios monjes
cistercienses. Estas últimas adaptaciones se superponen a las primeras
versiones con clara intención moralizante y hay quienes quieren
ver en ellas una mitopoética que simbolice en sus rasgos principales
el paradigma de los caballeros templarios, orden fundada en 1237, tan
relacionada con el abad de Cister, Bernardo de Clairvaux.
El descubrimiento
en 1190 por parte de Enrique II Plantagênet y su esposa Leonor de
Aquitania en la abadía de Glastonbury de las tumbas de Arturo y
Ginebra fue un acontecimiento de gran relieve que vino a aumentar la fascinación
que ya ejercían en sus súbditos las andanzas de Arturo y
sus nobles caballeros. Una fascinación que no ha cesado hasta nuestros
días, pues seguimos descubriendo nuevos enfoques, nuevos matices
y no cesan de aparecer interpretaciones sobre cualquiera de las facetas
de la historia y la leyenda.
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