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Octubre 2002
Dossier

Ser mujer... a cualquier precio -Leer-
En algunos pueblos la mujer se ve sometida a prácticas denigrantes para poder ser admitida en sus sociedades. Pero también en nuestra cultura occidental el mercado de la imagen prevalece sobre los valores humanos.

Sumario
Julio Romero de Torres
El pintor cordobés recreó el mundo psíquico en todos sus matices. Supo plasmar con su pincel el mundo sutil e invisible que nos rodea, llegando, más allá de las formas, hasta la esencia de las cosas.
Carmen Morales

Llaves secretas de La Celestina -Leer-
El personaje de Celestina figura al lado de Don Quijote, Sancho y Don Juan, formando la gigantesca tetralogía incorporada por España a la galería de prototipos universales.
Josefina J. Perdomo

María Zambrano, una pensadora comprometida -Leer-
Siempre con la mirada puesta en el estoicismo y el pitagorismo, Zambrano perfila su pensamiento sobre la razón poética.
Juan Carlos del Río

Globalización, ¿una encrucijada sin salida? -Leer-
La globalización, nos guste o no, existe. El desafío es saber cómo gestionarla para evitar sus defectos negativos y desarrollar sus potencialidades.
Juan Manuel de Faramiñán

Los cultos afroamericanos -Leer-
Tímidamente y en la oscuridad, los antiguos africanos mantuvieron vivas sus creencias y sus ritos, bien disfrazados de cristianismo o formando parte de un folklore propio.
Victoria Calle

El santuario de Julio Romero de Torres
El museo cordobés del pintor guarda sus recuerdos: sus fotos, las de su familia, su capa española. El mundo del pintor de la mujer morena.
José Carlos Fernández
Editorial

No cabe duda de que el cambio social protagonizado por la mujer en el último cuarto del siglo XX es una de las características culturales más significativas que pueden destacarse en las sociedades occidentales. Las mujeres se han incorporado de manera cuantitativamente importante a trabajos y profesiones, han luchado por la igualdad de derechos civiles, han reclamado su autonomía a la hora de decidir sobre sus vidas y así podríamos enumerar las importantes modificaciones que se han producido en nuestra visión del mundo con respecto al papel que corresponde desempeñar a la mujer. Muchos usos y costumbres, heredados del pasado, que se habían enquistado en la vida social, relegando a la mujer a la condición de ciudadano de segunda, como si se tratase de un ser inferior, irresponsable y tonto, han quedado relegados al desván de lo caduco y lo inadmisible, por consagrar desigualdades injustas, envolviéndolas en falsos paternalismos.

Paralelamente, han ido aumentando los estudios sobre la mujer, o “Women Studies”, como se les denomina en el mundo anglosajón, centrando sus objetos de investigación de manera cada vez más rigurosa y objetiva, alejándose de cierto oportunismo militante, propio de los primeros tiempos. De esta manera, podemos decir que, a pesar de muchas lagunas y cuestiones pendientes, tenemos una idea bastante clara sobre la situación real que viven las mujeres en el llamado primer mundo. Esta precisión en los instrumentos de análisis de las sociedades con que contamos ahora nos permite llegar a la conclusión de que, aun en nuestro mundo, presuntamente civilizado, no hay tantos motivos como parece para entregarnos a la autocomplacencia. Hay demasiado discurso hueco, demasiadas buenas intenciones que solamente se quedan en el papel y, lo que es aún peor, a diario se producen las más sofisticadas manipulaciones que impiden valorar de forma equilibrada el papel de la mujer en nuestro mundo.

Hemos avanzado, es verdad, hacia una deseada igualdad que permita a la mujer elegir libremente su propio camino, mediante la toma de conciencia de su propia realidad, pero no obstante, cada día siguen apareciendo casos y noticias que ponen en evidencia la contraparte de la tan invocada liberación femenina de los contestatarios movimientos de los años sesenta.
A pesar de todo, desde la atalaya de su autosuficiencia, las sociedades occidentales se erigen en árbitros y defensoras de la condición femenina, de forma temeraria y sin calibrar el alcance de las limitaciones y de las especificidades culturales. Tan insensata perspectiva puede provocar un efecto perverso al impedir que la mujer, en su batalla por ser dueña de su destino, crea que la ha ganado, sin haber siquiera combatido, y, ante su ingenuo optimismo, ni siquiera percibir las sombras de la humillante discriminación, que siempre acecha a las mujeres y también a los hombres.

Una actitud constante de atención y de reflexión sobre lo que sucede a nuestro alrededor, que nos permita llegar más allá de las apariencias es la mejor recomendación que podemos hacer a unas y otros.