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No cabe duda de que
el cambio social protagonizado por la mujer en el último cuarto
del siglo XX es una de las características culturales más
significativas que pueden destacarse en las sociedades occidentales. Las
mujeres se han incorporado de manera cuantitativamente importante a trabajos
y profesiones, han luchado por la igualdad de derechos civiles, han reclamado
su autonomía a la hora de decidir sobre sus vidas y así
podríamos enumerar las importantes modificaciones que se han producido
en nuestra visión del mundo con respecto al papel que corresponde
desempeñar a la mujer. Muchos usos y costumbres, heredados del
pasado, que se habían enquistado en la vida social, relegando a
la mujer a la condición de ciudadano de segunda, como si se tratase
de un ser inferior, irresponsable y tonto, han quedado relegados al desván
de lo caduco y lo inadmisible, por consagrar desigualdades injustas, envolviéndolas
en falsos paternalismos.
Paralelamente, han
ido aumentando los estudios sobre la mujer, o “Women Studies”, como se
les denomina en el mundo anglosajón, centrando sus objetos de investigación
de manera cada vez más rigurosa y objetiva, alejándose de
cierto oportunismo militante, propio de los primeros tiempos. De esta
manera, podemos decir que, a pesar de muchas lagunas y cuestiones pendientes,
tenemos una idea bastante clara sobre la situación real que viven
las mujeres en el llamado primer mundo. Esta precisión en los instrumentos
de análisis de las sociedades con que contamos ahora nos permite
llegar a la conclusión de que, aun en nuestro mundo, presuntamente
civilizado, no hay tantos motivos como parece para entregarnos a la autocomplacencia.
Hay demasiado discurso hueco, demasiadas buenas intenciones que solamente
se quedan en el papel y, lo que es aún peor, a diario se producen
las más sofisticadas manipulaciones que impiden valorar de forma
equilibrada el papel de la mujer en nuestro mundo.
Hemos avanzado, es
verdad, hacia una deseada igualdad que permita a la mujer elegir libremente
su propio camino, mediante la toma de conciencia de su propia realidad,
pero no obstante, cada día siguen apareciendo casos y noticias
que ponen en evidencia la contraparte de la tan invocada liberación
femenina de los contestatarios movimientos de los años sesenta.
A pesar de todo, desde la atalaya de su autosuficiencia, las sociedades
occidentales se erigen en árbitros y defensoras de la condición
femenina, de forma temeraria y sin calibrar el alcance de las limitaciones
y de las especificidades culturales. Tan insensata perspectiva puede provocar
un efecto perverso al impedir que la mujer, en su batalla por ser dueña
de su destino, crea que la ha ganado, sin haber siquiera combatido, y,
ante su ingenuo optimismo, ni siquiera percibir las sombras de la humillante
discriminación, que siempre acecha a las mujeres y también
a los hombres.
Una actitud constante
de atención y de reflexión sobre lo que sucede a nuestro
alrededor, que nos permita llegar más allá de las apariencias
es la mejor recomendación que podemos hacer a unas y otros.
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