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Aunque parezca contradictorio, una de las últimas etapas
del reencuentro que se está produciendo entre las gentes
sensibles y la Naturaleza, es el redescubrimiento del mundo mineral.
A pesar de los antiguos conocimientos perdidos que hacían
referencia a la vitalidad y la energía, a la vida que guardan
entre sus cristales las rocas, era muy fuerte la tendencia a considerar
el mundo mineral como una base inerte donde se asientan los otros
reinos de la Naturaleza, que más fácilmente consideramos
dotados de vida.
Las viejas sabidurías que mostraban, por ejemplo, a las piedras
preciosas como un resultado de la acción de energías
cósmicas sobre la fertilidad de determinados puntos de la
corteza terrestre, y la posibilidad para el hombre de captar de
algún modo la potencia que encerraban, cayeron en el olvido
y el descrédito, como restos de unas prácticas precientíficas,
relacionadas con la alquimia, aquella madre loca de la cuerda ciencia.
Una nueva actitud, dispuesta a reconocer la vida en todas sus
manifestaciones, junto con la apertura hacia tradiciones orientales,
como la japonesa o la china, ha comenzado a integrar los minerales,
o como decimos vulgarmente, las piedras, en el campo de interés
de los investigadores dispuestos a encontrar puntos de convergencia
entre los antiguos saberes y las más modernas interpretaciones.
Una vez más, tales encuentros nos ofrecen conclusiones sugerentes
y quizá estemos en el comienzo de una nueva manera de convivir
con el más silencioso y estático de los reinos naturales.
Poco a poco, nos llegan los datos de la comprobación del
papel que juegan, por ejemplo, determinados cristales, con la tensión
vital de sus moléculas ordenadas geométricamente,
en la reestructuración de aspectos poco tangibles, aunque
reales, de nuestros campos magnéticos. De tal manera que
la acción benéfica de un cristal de roca sobre nuestros
planos energéticos ya no es un tabú supersticioso,
sino una realidad comprobada y aplicable en la vida de todos los
días, a condición de que nuestra sensibilidad para
apreciar tales variaciones se encuentre convenientemente afinada.
A la luz de estas comprobaciones, miramos a las tradiciones que
asignaban a las piedras preciosas o no determinadas cualidades y
correspondencias cósmicas con algo más de respeto,
sin por ello dejarnos llevar por la fantasía, que nos haría
caer en la trampa del subjetivismo.
En ésta, como en tantas otras cuestiones, mantenemos en
Esfinge una actitud prudente, que nos lleve a valorar lo que la
ciencia del tercer milenio puede aportar sobre estas cuestiones,
sin dejar de escuchar la tradición, que tan buenas referencias
nos proporciona para nuestras búsquedas. Nuestra intuición
se verá recompensada si sabemos entrenarla en el doble universo,
racional y simbólico, en el que suele desenvolverse nuestra
mente.
De forma natural, incorporamos las piedras, con sus diversas texturas,
sus tonalidades, sus mensajes, a nuestro escenario cotidiano, seguros
de que no se trata de un nuevo fetichismo que nos salve de nuestras
inseguridades, sino de que quizá estamos aprendiendo un nuevo
lenguaje capaz de comunicarnos con el aspecto más enigmático
de la Naturaleza.
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