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El inicio de un nuevo año suele ser una ocasión que
aprovechamos para reflexionar sobre nuestra situación y hacer
una especie de balance acerca de nuestros éxitos y fracasos
y si contamos con los medios necesarios y suficientes para encarar
el esfuerzo de sacar adelante nuestros proyectos.
Con ese espíritu hemos elaborado el núcleo central
de este número de Esfinge: se abre un nuevo ciclo del tiempo
y es prudente que dirijamos una mirada al mundo que estamos viviendo
y tomemos conciencia de los problemas que nos aquejan. Es cierto
que disponemos de medios de una potencia sin igual y que las llamadas
nuevas tecnologías nos permiten y facilitan el intercambio
de informaciones y experiencias, estrechando relaciones entre los
distintos grupos humanos que pueblan la tierra: la globalización
es un hecho cargado de matices y de claroscuros y la actitud filosófica
de búsqueda no debe dejar de lado las realidades que nos
ofrece el presente, por muy complejas y esquivas a los análisis
que resulten.
Por otra parte, esa globalización, que nos afecta en tantos
aspectos de la vida y no sólo en lo económico, nos
invita a extender nuestro panorama mental a todo el planeta, a todos
los seres humanos que lo habitan y hacer nuestras las preocupaciones
de todos, aún de los que se encuentran más alejados
del escenario donde nos desenvolvemos. Una toma de conciencia global
de la humanidad como una unidad que integra una pluralidad viene
a ser en nuestros días una necesidad para que los efectos
perversos de la globalización no castiguen a los más
débiles ante la indiferencia de los fuertes.
Al percibir la magnitud de los problemas que nos afectan desde
tantas perspectivas y la inabarcable extensión de su alcance
corremos el riesgo de dejarnos abatir por la impotencia y la evidencia
de nuestra pequeñez, pues es bien cierto que quienes creemos
que trabajar por el bien de la humanidad no es un mero argumento
retórico sino una forma de vida, somos muy pocos, como también
lo son quienes dedican sus esfuerzos a encontrar salidas imaginativas
y prácticas a tantas consecuencias negativas del egoísmo
y la codicia. Tan pocos que podría llegar a pensarse que
no vale la pena tomarse el trabajo de que el mundo sea mejor. Sin
embargo tales planteamientos derrotistas, que han sumergido a tantos
posibles idealistas en el escepticismo, quizá no cuenten
con la misteriosa lógica que hace que pequeños esfuerzos
consigan grandes resultados, tal como nos enseña la Historia,
maestra en tantas sabidurías.
Quienes hacemos Esfinge queremos servir de altavoz para amplificar
el significado de los trabajos de muchos que no se rinden y siguen
ofreciendo caminos nuevos para salir al encuentro de un mundo más
justo. Estamos convencidos de que la capacidad imaginativa del hombre,
llena de posibilidades, tiene aún mucho que ofrecer en esa
lucha desigual contra los males que nos afligen. En estos momentos
de balances y de valoración de resultados es bueno y justo
recordarlo.
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