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No es frecuente que prestemos atención a los asuntos que
habitan en las profundidades de la psique humana, en medio de nuestros
afanes cotidianos, que tanta energía absorben, a pesar de
que no suelen estar orientados a responder nuestras más acuciantes
preguntas. Se puede decir que vivimos de espaldas a las más
decisivas cuestiones que, por serlo, permanecen latentes en los
espacios ignotos de nuestra conciencia. De vez en cuando, con ocasión
de algún acontecimiento fortuito, afloran en forma de desazón
o incluso de angustia, o de melancolía, pues en una especie
de contradicción solemos soslayar las más inevitables
realidades, como ignorando que inexorablemente tendremos que afrontarlas.
En esta oportunidad, nuestra propuesta es, como siempre, hacer
frente a las demandas de lo más profundo de nosotros mismos,
y para ello recurrimos en esta ocasión a dos planteamientos
muy diferentes aunque igualmente sugestivos. Por una parte, el texto
fílmico de un maestro del arte cinematográfico, capaz
de mostrar en el celuloide las imágenes que guardamos en
nuestro interior, cuando evocamos la muerte, la gran certeza a la
que tratamos de burlar con insensata persistencia. La aventura del
caballero medieval que debe encontrarse con la muerte es una de
las metáforas, frecuentes en los relatos épicos y
que en la película de Bergman, elevada a la categoría
de obra clásica, se reviste de una fuerza evocadora singular,
pues parece interpretar los miedos que habitan en el interior del
alma humana revistiéndolos de unas imágenes que todos
reconocemos como propias, más allá de las diferencias
de tiempo y lugar.
Por otra parte, una vez más, Jung nos desvela alguna de
las incógnitas de las profundidades del alma, llamando nuestra
atención sobre los momentos en que afloran tales inquietudes
y se abren paso en medio de los fenómenos cotidianos, como
si nos advirtieran de la existencia de “otra” realidad, que transcurre
invisible, entretejida con nuestras experiencias más perceptibles.
La imaginación da forma a muchas intuiciones y deseos, no
de manera casual, sino atendiendo a unos modelos que resultan elocuentes,
gracias a las claves interpretativas del mundo de las ensoñaciones
que nos proporcionan los símbolos de las culturas antiguas
que mejor se han adaptado a la función de dar forma a nuestros
impulsos más hondos.
Asimilar la certeza de la muerte es uno de los grandes secretos
de la serenidad ante la vida, tal como nos han enseñado los
sabios de todas las épocas. A ellos sentimos la necesidad
de dirigirnos, en busca de las respuestas que necesitamos para resolver
nuestros temores y las incertidumbres que nos asaltan. Con su orientación,
podemos adentrarnos en el camino de la vida interior, para obtener
así una visión completa del mundo, desentrañando
el significado de imágenes y símbolos que construimos
para representar los grandes misterios de nosotros mismos y de la
vida.
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