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Los grandes ríos de la tierra canalizan las energías
que equilibran la vida en el planeta, como si de venas se tratara,
por donde circula el fluido que alimenta a todos los sistemas que
habitan en esta esfera hospitalaria. En esos mapas que se realizan
vía satélite y registran los más mínimos
accidentes geográficos, se pone de manifiesto su función
fertilizadora, pues a su alrededor la tierra se tiñe de verde,
y junto a sus riberas se agrupan los seres humanos para habitar
en las ciudades y gozar de sus frutos. Los ríos de la tierra
han sido también los canales por donde ha circulado la civilización
y la historia ha recogido los episodios de ese gigantesco trasiego,
en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Por ellos se han adentrado
los colonizadores, en busca de nuevas tierras y riquezas, y para
cruzarlos se han ideado maravillas técnicas, en forma de
puentes, algunos de los cuales perduran, como testimonios visibles
del humano empeño en construir obras perennes, como puntos
de encuentro entre orillas, metáfora ancestral de lo que
pone en contacto a las cosas y las gentes.
De todas esas míticas vías de agua, quizá
ninguna ha suscitado tanta evocación poética y literaria
como el Nilo, columna vertebral del país egipcio, patria
espiritual de muchas almas sensibles, que necesitan periódicamente
mirar hacia los grandiosos restos de lo que fue la civilización
más enigmática y cautivadora de todas las que han
construido los hombres en la Tierra.
En busca de sus fuentes se adentraron Burton y Speke, protagonizando
uno de los duelos más apasionantes de la historia de la Geografía,
seguido por miles de personas, para finalizar dando la razón
a los antiguos egipcios, que afirmaban que el Nilo era un don del
cielo, lo cual no sólo era una simbólica comparación,
sino una realidad, pues las montañas de la Luna, con sus
nieves perpetuas, caídas del cielo, dan nacimiento a ese
prodigio que transcurre de Sur a Norte, y que como las flores de
loto que crecen en sus orillas, abre sus pétalos en el ancho
delta.
Viajar por el Nilo es una de las experiencias más intensas
que se pueden emprender, pues es un viaje por el espacio y por el
tiempo, en sus profundas aguas la serenidad de las falúas
que se deslizan empujadas por el viento del norte, el más
benéfico y templado, ayudan a que nuestra alma evoque otros
instantes vividos en otras épocas que se nos hacen visibles
bajo los bosques de palmeras, cultivando la negra tierra de sus
huertos, reproduciendo las escenas que decoran las tumbas de Deir
el Medineh.
Nuestra revista pretende proporcionar a sus lectores elementos
que les sirvan para emprender un viaje imaginario por el eterno
Nilo, bien hacia el Norte, o hacia las ardientes tierras del Sur,
allí donde recoge las aguas del cielo, como sencillo arroyo.
Navegar por el Nilo tiene algo de sagrado y hasta de místico,
por algo los antiguos egipcios, tan sabios, lo explicaron como reflejo
en la tierra de otro Nilo celeste, fecundador del país que
habitan los dioses.
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