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Nunca como ahora se había hablado tanto sobre las mujeres
y los problemas que deben enfrentar a diario: las exclusiones, las
desigualdades y hasta la violencia que a veces soportan en una sociedad
injusta, que invoca principios para no aplicarlos, que embauca con
las declaraciones para a continuación soslayar la práctica
cotidiana de tales supuestos.
Desde la crispación de las primeras acciones de las mujeres
para recuperar la dignidad y el respeto, a los enfoques más
centrados y equilibrados de ahora, ha transcurrido toda una historia
de búsqueda y de lucha, por el laberinto social, quizá
en ocasiones por caminos equivocados que llevaban a nuevos entramados
sin salida. Pero poco a poco se va despejando un camino hacia la
deseada concordia, que es el ideal de toda convivencia, una especie
de armonía entre polaridades marcadas por la naturaleza,
como lo es la de lo masculino-femenino.
Se ha querido llegar a la igualdad por la vía de la competencia
o el enfrentamiento, como si se partiera de una superioridad que
se les negaba a las mujeres, llegando a decir que si los problemas
del mundo estuvieran en manos de mujeres el mundo sería mejor,
como si la “esencia” femenina procediera de la bondad y la masculina
de la maldad y simplificaciones semejantes. El mundo será
más justo cuando la justicia se instaure en las relaciones
entre los seres humanos, lo cual pasa necesariamente por la capacidad,
que todos debemos desarrollar, de saber ponernos en el lugar del
otro y tratar de entender sus razones y sus motivos.
El cambio de una sociedad eminentemente patriarcal a una sociedad
que garantice a la mujer el protagonismo que reclama deberá
producir cambios de perspectiva y mentalidad y nuevos instrumentos
que hagan realidad las aspiraciones de todos. Para realizar esos
cambios se debe contar con los puntos de vista de las mujeres y
su participación en los centros de poder. Para ello, hará
falta mucha imaginación y capacidad de diálogo, efectos
benéficos en todo caso.
Tanto hombres como mujeres estamos inmersos en una búsqueda
de identidad, en un proceso de redefinición de nuestros principios
y objetivos vitales, he aquí la principal coincidencia; y
cada cual necesita del otro para resolver la encrucijada y no perderse
otra vez por los laberintos, aspirando a una meta siempre difusa.
Se abre ahora una fase más interesante, que es la búsqueda
conjunta del sentido profundo que tiene lo que estamos viviendo
y cómo convertirlo en felicidad, sin que sea la de uno a
costa de la del otro. Queremos contribuir a ese debate abierto con
reflexiones que ayuden a profundizar en un asunto que nos afecta
a todos de una manera o de otra, pues existe el peligro de quedarnos
en el territorio de los efectos, o de las apariencias, y no llegar
a las causas, con lo cual perderíamos una oportunidad de
alcanzar un mundo más justo y solidario.
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