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La Historia no sólo nos ofrece testimonios de hechos que
sucedieron en el pasado, también nos enseña a interpretar
el presente, pues el tiempo es una sucesión continuada y
los cambios se producen mediante una dialéctica entre lo
que permanece y lo que pasa. Por ello, uno de los alicientes que
ofrece conocer las antiguas civilizaciones que dejaron sus huellas
en el tiempo es la posibilidad de identificar cuánto de lo
que nos dejaron permanece vivo en nosotros, formando parte del escenario
donde transcurren nuestras peripecias, de tal manera que a través
de gestos, costumbres, normas de conducta y de organización,
viven en nosotros nuestros remotos antecesores y en nuestras acciones
y actitudes se perpetúan las de los que protagonizaron el
pasado. Así sucede por ejemplo con Roma, la fórmula
civilizadora que durante un largo período de tiempo gobernó
una extensa parte del mundo, a quien en justicia debemos tanto de
lo que somos, madre colectiva de todos los que vivimos en las riberas
del Mediterráneo, pero también de pueblos lejanos
en el Oriente y en el Norte, hasta donde llegaron sus poderosos
pasos de gobernadora.
Decía Cicerón, uno de sus más ilustres hijos,
que la Historia es maestra de la vida y lo decía con acierto,
pues sin la perspectiva que nos presenta la Historia, esa evocación
del tiempo transcurrido, nuestro presente se vuelve opaco y sin
sentido y nuestra vida pierde el relieve de la memoria.
Es interesante emprender la tarea que nosotros iniciamos en este
número: recordar todo lo que tenemos de romanos y cómo
muchas de sus claves todavía resultan operativas en la actualidad,
más de dos mil años después de que aquel pueblo
agreste y rústico encontrase la clave para convertirse en
crisol de las más sofisticadas propuestas de las grandes
civilizaciones de la Antigüedad. Proponemos un recorrido por
algunas de las aportaciones de Roma en los diferentes ámbitos
de la vida: cómo nos enseña a solucionar los problemas
del aislamiento, de la incomunicación, cómo encontrar
el difícil equilibrio entre la unidad y la diversidad, cómo
dejar a la posteridad obras públicas útiles y a la
vez bellas y monumentales. Junto a las huellas visibles, a la fuerte
impronta de la eficacia romana en la organización del mundo,
no son menos decisivas sus aportaciones sobre la manera de encarar
la vida, ante la adversidad y los reveses de la fortuna, y el ejemplo
de que la grandeza de espíritu se combina con la sencillez
y la austeridad, y tantas otras propuestas morales. Pasar del pensamiento
a la acción, plasmar en obras eficaces las teorías
filosóficas clásicas parece ser la piedra angular
de la manera romana de ver el mundo.
Es cierto que no todo son luces en el legado romano, que produjo
el despotismo y la avaricia, y que no siempre los fuertes resisten
la tentación de abusar de su poder. También en las
sombras, Roma se revela maestra de vida, mostrándonos el
camino de lo que debe evitarse, si se quiere alcanzar el deseado
ideal de la Justicia, al cual, como no podía ser de otra
manera, los romanos aportaron formulaciones todavía vigentes
y activas.
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