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Desde el remoto Oriente, desde la lejana Antigüedad, nos ha
llegado una de las manifestaciones culturales más interesantes
y sugerentes, tal como se refleja en nuestro tema central sobre
el Teatro de Sombras. Nuestra cultura contemporánea, tan
orgullosa con sus aires de superioridad, cree haber inventado, primero
con la linterna mágica y con el cine después, el misterioso
efecto de realidad que produce la proyección de imágenes
en movimiento, sin saber que hace siglos los seres humanos sintieron
la misma necesidad de inventar un mundo de reflejos, que sirviera
de espejo para hacer visibles las imaginaciones y los sueños.
Tendremos que concluir que tenían razón los sacerdotes
egipcios de Sais, cuando lanzaron a Solón el célebre
reproche: "vosotros, los griegos, sois unos niños",
porque creían ser los únicos, los inventores de todo.
Efectivamente, las figuras que se proyectan en la pantalla, jugando
con las luces y con la oscuridad, y en todo caso con los efectos
que produce la combinación de las dos cosas, se nos presentan
como pertenecientes a la memoria de la Humanidad, quizá porque
intuye la frágil barrera que separa la verdad de la ilusión,
o las apariencias de la realidad. Y resulta significativo contrastar
lo que sabemos de ese arte tradicional todavía vivo en tantos
lugares con las tendencias actuales del cine de envolvernos con
los efectos especiales y sus desafíos a las leyes de la física
y sus alusiones a la posibilidad de que vivamos engañados
por el gran montaje de la manipulación, que nos hace creer
que vivimos y somos libres, cuando no somos más que juguetes
o marionetas que manejan unos astutos y enigmáticos personajes
desde la oscuridad de las bambalinas del teatro de la vida. Ya se
hizo eco Platón sobre todo ello, cuando nos describió
la caverna en uno de sus diálogos más atrevidos a
la hora de desentrañar las falacias que acechan a los hombres,
aquel en el que quiso evocar la posibilidad de una sociedad justa
y buena.
Tal constancia en el empeño por franquear el umbral entre
los mundos imaginados y vividos nos está indicando hasta
qué punto nos resulta fácil rendirnos ante los encantos
de la ilusión, como una constante que se ha revestido de
diversas formas a lo largo del tiempo y del espacio. Hay como una
reflexión, como una advertencia, detrás de estas manifestaciones
artísticas, pues a pesar de nuestra tendencia a banalizar
las interpretaciones de las culturas, en su origen se encuentra
una sabiduría, aplicada a proporcionar los posibles remedios
para ese peligro de confundir la realidad con la ficción.
El escenario del Teatro de Sombras como imagen del mundo ayuda a
comprender pequeños misterios de la vida con más efectividad
que un sesudo tratado. De ahí su capacidad para recrearse
a sí mismo en múltiples variantes.
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