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Hemos querido rendir un homenaje a Madrid, con la portada de Esfinge este mes y con las aportaciones que nuestra redactora Mª Ángeles Fernández nos ofrece sobre una ciudad tan llena de matices. Y lo hemos querido hacer de manera festiva, no por ello menos consciente de los momentos tan trágicos que ha vivido Madrid en fechas recientes y que jamás olvidaremos, como también se guardarán en la memoria colectiva los infinitos detalles de ternura que han sabido prodigar los madrileños a sus conciudadanos golpeados por la fatalidad y la crueldad incomprensible.
Las ciudades no son sólo sus espacios monumentales, ni sus edificios abigarrados, ni siquiera el bullicio cotidiano que las anima ruidosamente. Los que en ellas habitan, los que las hacen y las sienten son los que conforman su verdadera dimensión, pues conviene recordar que desde los tiempos remotos en que aparecen en la Historia, representan el lugar de la convivencia organizada y civilizada, del encuentro y los intercambios, tanto materiales como espirituales. Y en todo ello Madrid nos ofrece una lección magnánima que la consagra definitivamente ante el mundo como uno de los puntos de referencia indispensables para una geografía de la solidaridad y la capacidad para unirse en el dolor, ejemplo de eficacia a la hora de integrar la pluralidad sin distorsiones ni rechazos.
Nuestro homenaje agradecido es una invitación a descubrir su fuerte personalidad y cómo ha sabido mantener su identidad cultural a través del tiempo y ser a la vez capaz de acoger a gentes procedentes de todos los rincones del mundo, tal como sucede con las grandes metrópolis, lo cual demuestra una vez más que los intercambios transculturales no anulan sino que enriquecen las identidades propias y que no hay ningún peligro de pérdida de ninguna esencia, en ese continuo fluir de diferencias culturales.
Madrid ha ido afianzando su papel de ciudad acogedora a lo largo de los siglos, sobre todo desde que se convirtiera en el centro político de España en el siglo XVI. Para la España provinciana de la periferia, Madrid representa todas las posibilidades, de trabajo, pero también de diversión, de apertura hacia otras dimensiones, más extensas, con mayor alcance. Todo lo esperamos quienes a Madrid llegamos en busca de horizontes y lo inesperado también sucede, cuando con tanta facilidad nos ofrece Madrid su habilidad seductora, de manera que no sintamos el desarraigo, pues no nos obliga a renegar de nuestras pequeñas patrias, sino que coloca cada una de ellas, como si se tratase de las teselas de un bello mosaico, conformando un conjunto sorprendentemente armónico.
A esta ciudad alegre y transgresora, tan vital de noche y de día, tan rica en rincones donde cultivar todos los grados de la amistad, tan decisiva para comprender muchas cosas, va nuestro reconocimiento emocionado en la doble acepción de agradecer sus méritos y de conocer y recordar algo mejor sus secretos.
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