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De todas las propuestas culturales que se han concretado en la
Historia, una de las más atractivas, de las más completas,
ha sido sin duda la que conocemos desde el siglo XIX con el nombre
de Renacimiento, ese florecimiento singular de todas las ramas del
conocimiento, que alumbró una nueva concepción del
mundo y de la vida, una nueva época. No ha sido la única,
pues sabemos que todas las civilizaciones registraron períodos
de oscuridad, seguidos de otros, en los que el impulso de renovación
se dejó sentir y se manifestó en las más variadas
expresiones. Solemos referirnos con ese nombre concretamente al
período vivido en la práctica totalidad de las sociedades
europeas, cuando las brumas de la Edad Media comenzaban a disiparse.
Constatar ese ritmo cíclico del tiempo y de las realizaciones
humanas es una de las tareas más apasionantes que nos plantea
la Filosofía de la Historia y viene a constituir un verdadero
desafío poder desentrañar las causas ocultas que explicarían
esa capacidad creadora que se despierta y la coincidencia de tantos
espíritus dotados para captar la belleza y proponer caminos
nuevos para el saber.
Un aire cálido y animoso parece soplar, al evocar el espíritu
del Renacimiento, como cuando Céfiro sopla en las escenas
míticas, pintadas por Botticelli. Una vitalidad maravillosa
parece desprenderse de tantas imágenes que invitan a descubrir
la belleza en nosotros mismos y en la Naturaleza.
Nos resultan particularmente significativas algunas claves de la
mentalidad renacentista, que podrían recuperarse incluso
ahora cuando, según muchos indicios, nos adentramos en un
período neomedieval: relacionar la Poesía con el Arte
y la Filosofía, reconocer la herencia del saber de la Antigüedad,
proponer un ideal de tolerancia basado en la dignidad del ser humano,
comprometer a los individuos en las acciones de mejora de la sociedad
… Son valores plenamente vigentes, que se desprenden como un perfume
de las hermosas obras que nos dejaron aquellos seres excepcionales,
sin olvidar el apoyo y la colaboración de otros muchos que,
aunque no figuren en los anales ni en los libros, alimentaron el
sueño renacentista y lo hicieron posible.
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