Nuestras ideas son válidas en la medida en que son buenas y justas para nosotros y para todos, y en la medida en que podemos unirlas a los mejores sentimientos para luego aplicarlas de la manera más adecuada. Una idea aislada, sin sentimiento y sin acción consecuente, es una idea condenada a muerte.
La práctica de la vida cotidiana se encarga de mostrarnos lo difícil que resulta llevar a los hechos aquello que pensamos; más bien solemos quedarnos en el nivel de los sueños o, mejor dicho, de las ensoñaciones, calmando así nuestros deseos y evitando el esfuerzo que necesita toda idea para convertirse en una realidad concreta.